
Enfermeras de la Cruz Roja transportan a un enfermo de gripe en 1918 en St. Louis.
El 7 de septiembre de 1918, en los momentos mas críticos de la primera guerra mundial, un soldado de un campo de entrenamiento situado a las afueras de Boston cayó enfermo con fiebre elevada. Los médicos le diagnosticaron una meningitis, pero cambiaron de opinión al día siguiente cuando una docena de soldados fueron hospitalizados con síntomas respiratorios. El día 16 se declararon 36 nuevos casos de aquella enfermedad desconocida. Sorprendentemente, el 23 de septiembre se habían declarado 12.604 casos en un campamento de 45.000 soldados. Al final del brote, una tercera parte de la población del campo había enfermado de esta grave dolencia y, de ellos, casi 800 murieron. A menudo los soldados fallecidos presentaban una coloración azulada el la piel y, antes de morir por asfixia, padecieron terribles sufrimientos. Muchos fallecieron apenas 48 horas después de presentar los primeros síntomas; en la autopsia sus pulmones aparecieron repletos de liquido o sangre.
El conjunto de síntomas no guardaba relación con ninguna enfermedad conocida William Henry Welch, reputado patólogo de la época, supuso que “debe ser alguna nueva clase de infección o plaga”. La enfermedad no era una plaga ni ningún agente nuevo: se trataba de la gripe. Aquella cepa del virus de la gripe, especialmente virulenta e infecciosa mató a unos 40 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1919.
En muchos aspectos, la pandemia de gripe de 1918 fue similar a otras anteriores y posteriores a ella. Cuando aparece una cepa nueva del virus de la gripe con la que el sistema inmunitario de la mayoría de la gente no ha tenido contacto, lo mas probable es que se propague un brote de la enfermedad. Sin embargo, un halo de misterio rodeo durante largo tiempo a determinadas características de la pandemia de 1918.
Resultaron singulares su comienzo y su final. El brote cruzó Europa y Norteamérica y alcanzo lugares remotos (tierras vírgenes de Alaska y las islas del Pacifico). Cuando se extinguió una tercera parte de la población mundial había padecido la infección. Destacó, asimismo, la gravedad de la enfermedad, con tasas de mortalidad entre el 2,5 y el 5 por ciento, mas de cincuenta veces la mortalidad producida por otras epidemias de gripe.
En el otoño de 1918, Europa entera llamaba a la enfermedad la gripe “española”, quizás porque España, neutral en el conflicto, no impuso la censura de guerra para las noticias sobre la epidemia prevalente en los países combatientes. Con tal denominación se quedo para la historia por mas que el primer brote, la ola de primavera de la epidemia, se originara, al parecer, en los cuarteles militares estadounidenses en marzo de 1918. el segundo brote, la ola principal de la pandemia global tuvo lugar de septiembre a noviembre de ese mismo año. Hubo, en numerosas zonas, una tercera ola, muy grave, a principios de 1919.
Aun no se habían descubierto los antibióticos. En su mayoría la gente que murió durante la pandemia lo hizo por neumonía causa por bacterias oportunistas que infectaron a quienes la gripe había ya debilitado. Sin embargo, una parte de los afectados por la epidemia murieron apenas unos días después de que se les manifestaran los síntomas de la enfermedad, victimas de una neumonía vírica mas grave, originada por la misma gripe, que dejo sus pulmones completamente encharcados de sangre o liquido. Además, la mayoría de los fallecidos eran adultos jóvenes de entre 15 y 35 años, un grupo poblacional que rara vez muere de gripe. Llama la atención que los menores de 65 años representaron mas del 99 por ciento de todas las muertes por gripe supernumerarias (las que se encuentran por encima de la tasa anual normal), entre 1918 y 1919.
¿Podría pasar esto otra vez? Los investigadores no tienen la menor duda de que es posible, diríase que inevitable, pero hay que hacer algunas consideraciones: en la actualidad una pandemia de este tipo se extendería con mayor rapidez que la de 1918 (en medio año dio la vuelta al mundo), ahora el tiempo de extensión seria de semanas, no de meses. Por otro lado la Organización Mundial de la Salud (OMS) esta ojo avizor para una eventualidad como esta y, además, tenemos antibióticos los cuales reducirían drásticamente las complicaciones por ataques de bacterias oportunistas que fueron las causantes de las neumonías no víricas mortales.
El conjunto de síntomas no guardaba relación con ninguna enfermedad conocida William Henry Welch, reputado patólogo de la época, supuso que “debe ser alguna nueva clase de infección o plaga”. La enfermedad no era una plaga ni ningún agente nuevo: se trataba de la gripe. Aquella cepa del virus de la gripe, especialmente virulenta e infecciosa mató a unos 40 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1919.
En muchos aspectos, la pandemia de gripe de 1918 fue similar a otras anteriores y posteriores a ella. Cuando aparece una cepa nueva del virus de la gripe con la que el sistema inmunitario de la mayoría de la gente no ha tenido contacto, lo mas probable es que se propague un brote de la enfermedad. Sin embargo, un halo de misterio rodeo durante largo tiempo a determinadas características de la pandemia de 1918.
Resultaron singulares su comienzo y su final. El brote cruzó Europa y Norteamérica y alcanzo lugares remotos (tierras vírgenes de Alaska y las islas del Pacifico). Cuando se extinguió una tercera parte de la población mundial había padecido la infección. Destacó, asimismo, la gravedad de la enfermedad, con tasas de mortalidad entre el 2,5 y el 5 por ciento, mas de cincuenta veces la mortalidad producida por otras epidemias de gripe.
En el otoño de 1918, Europa entera llamaba a la enfermedad la gripe “española”, quizás porque España, neutral en el conflicto, no impuso la censura de guerra para las noticias sobre la epidemia prevalente en los países combatientes. Con tal denominación se quedo para la historia por mas que el primer brote, la ola de primavera de la epidemia, se originara, al parecer, en los cuarteles militares estadounidenses en marzo de 1918. el segundo brote, la ola principal de la pandemia global tuvo lugar de septiembre a noviembre de ese mismo año. Hubo, en numerosas zonas, una tercera ola, muy grave, a principios de 1919.
Aun no se habían descubierto los antibióticos. En su mayoría la gente que murió durante la pandemia lo hizo por neumonía causa por bacterias oportunistas que infectaron a quienes la gripe había ya debilitado. Sin embargo, una parte de los afectados por la epidemia murieron apenas unos días después de que se les manifestaran los síntomas de la enfermedad, victimas de una neumonía vírica mas grave, originada por la misma gripe, que dejo sus pulmones completamente encharcados de sangre o liquido. Además, la mayoría de los fallecidos eran adultos jóvenes de entre 15 y 35 años, un grupo poblacional que rara vez muere de gripe. Llama la atención que los menores de 65 años representaron mas del 99 por ciento de todas las muertes por gripe supernumerarias (las que se encuentran por encima de la tasa anual normal), entre 1918 y 1919.
¿Podría pasar esto otra vez? Los investigadores no tienen la menor duda de que es posible, diríase que inevitable, pero hay que hacer algunas consideraciones: en la actualidad una pandemia de este tipo se extendería con mayor rapidez que la de 1918 (en medio año dio la vuelta al mundo), ahora el tiempo de extensión seria de semanas, no de meses. Por otro lado la Organización Mundial de la Salud (OMS) esta ojo avizor para una eventualidad como esta y, además, tenemos antibióticos los cuales reducirían drásticamente las complicaciones por ataques de bacterias oportunistas que fueron las causantes de las neumonías no víricas mortales.
...Pues en esas estoy,griposa perdida,presa de escalofrios,fiebre,dolor articular y de cabeza,congestión y una tos que asusta...no será tan grave como aquella GRIPE ESPAÑOLA,pero leches,qué mal se pasa...


2 comentaris:
Que te sea leve¡¡¡¡
yo acabo de salir de la ima.tercera en 3 meses.... y espero q sea la ult
... pxtx teclao ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Publica un comentari